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Acuerdos de precios y salarios: una historia de fracasos

Entre 1950 y 1990 todos los acuerdos y controles fracasaron en su intento de bajar la inflación.

Como la historia en Argentina se repite una y otra vez, omitiré nombres propios en la introducción a esta nota y referencias a cualquier tipo de tiempo y espacio.

En realidad, espero que no, pero redactándola de esta forma es probable que el artículo en cuestión tenga vigencia de aquí a los próximos 100 años de historia económica nacional. Empecemos.

En el marco del proceso electoral que vivimos, la inflación es uno de los temas que encabeza la lista de preocupaciones de la ciudadanía. Como respuesta a ella, el gobierno ha implementado una política monetaria dura, la que ha complementado recientemente con algunos controles específicos en algunos precios.

La oposición critica con dureza al gobierno, no por las medidas de control sino obviamente por los altos niveles de inflación y, además, porque la política monetaria eleva la tasa de interés.

En contraste, entonces, se propone desde este espacio realizar un gran Acuerdo Nacional de Precios y Salarios por al menos 180 días.

La pregunta es si dicha medida servirá. Así, vale la pena analizar cómo resultaron los planes de este tipo propuestos e implementados en el pasado reciente. Más específicamente, los acuerdos de precios y salarios que se sucedieron en los últimos 67 años.

Figurita repetida

En el pasado reciente de Argentina los acuerdos para contener precios y salarios han sido una verdadera figurita repetida. En las cuatro décadas que van desde 1950 a 1990 se verificaron al menos 4 de ellos.

El primer acuerdo fue realizado por el segundo gobierno de Juan Domingo Perón, y lo lideró su ministro Alfredo Gómez Morales a través de la Comisión Nacional de Precios y Salarios. La medida se dio en respuesta a la creciente inflación, que por primera vez superaba el 50% anual.

En marzo de 1952 los precios llegaron a subir 58% en comparación con el año anterior, por lo que se puso en marcha un Plan de Estabilización. El plan no era totalmente heterodoxo. A los controles de precios y techos a los aumentos salariales se los apuntaló con una política monetaria y fiscal dura.

Así, el plan tuvo éxito en reducir los niveles de inflación. Para 1954, Argentina incluso registraba caídas anuales en los precios que promediaron el 7% en febrero de 1954. A fines de ese año, sin embargo, los precios volvían a subir a tasas de dos dígitos. Sin embargo, hubo que esperar hasta 1958 para que la inflación superara el 58% anual, que había sido el máximo alcanzado seis años antes.

Gráfico 1. Cuatro acuerdos de precios y salarios en perspectiva.

Fuente: Iván Carrino y Asociados en base a INDEC

En 1967 la inflación era otra vez un tema para los argentinos. En la presidencia estaba el militar Juan Carlos Onganía y su ministro de economía era Adalberto Krieger Vasena. Con una inflación que superaba el 30% anual, Vasena mandó a controlar los precios, prohibió los aumentos salariales y fijó el tipo de cambio. Por un tiempo, además, se buscó tener una política fiscal y monetaria relativamente más dura que la que prevalecía en la gestión anterior.

Para el historiador y economista Emilio Ocampo, Krieger Vasena y Gómez Morales implementaron planes “híbridos”, puesto que combinaron cierta prudencia fiscal y monetaria con los controles directos sobre los precios y los salarios. De acuerdo con su escala, el nivel de “heterodoxia” del plan de Vasena fue de 0,84, mientras que el de Gómez Morales había sido de 1,35.

Por un tiempo, las cosas parecían funcionar tras el plan del ‘67. Sin embargo, a dos años de andar, los niveles de inflación habían vuelto a su nivel inicial. En diciembre del ’71 la inflación ya ascendía al 39% anual. En abril del año siguiente, superaba el 50%.

Gelbard y Cámpora

Con Héctor J. Cámpora en el poder, Argentina probó el que probablemente haya sido el plan más heterodoxo de lucha contra la inflación. La “inflación cero” de José Ber Gelbard, ministro de economía de entonces, controló precios y salarios a través de distintas resoluciones y decretos, y de la Comisión Nacional de Precios, Ingresos y Nivel de Vida.

No obstante, del lado monetario y fiscal no se hizo absolutamente nada. Las políticas macroeconómicas mantuvieron su sesgo expansivo, lo que generó que, a la larga, el sistema estallara.

En mayo de 1973 la inflación fue de 79,1% anual. En mayo del año siguiente había caído drásticamente al 12,1%. No obstante, exactamente un año después había retornado al 80% anual, espiralizándose los meses siguientes y estallando directamente con las medidas de liberalización de Celestino Rodrigo.

El Plan Austral de 1985 se apoyó en una política monetaria dura, con controles de precios y salarios, pero una política fiscal blanda. El resultado fue similar. Al principio, consiguió una baja en la tasa de inflación, pero a la larga terminamos en la tristemente célebre híper de 1989.

Sin ajuste no hay desinflación

Lo que la historia argentina ofrece es evidencia de aquello que planteaba durante las décadas del ’70 y ’80 el profesor de la Universidad de Chicago, Milton Friedman. Para Friedman, como las causas de la inflación son monetarias (y detrás de ellas, fiscales), de no moderarse o eliminarse la emisión monetaria, imponer controles de precios solo sirve para “reprimir” sus consecuencias.

Es decir, solo podría contener por un tiempo limitado la suba de precios, que es consecuencia de la destrucción de la moneda. Además, argumentaba que si efectivamente se controlaba la emisión monetaria y el déficit fiscal, entonces los controles y acuerdos eran innecesarios… aunque se volvían insuficientes si eran la única herramienta contra la inflación.

La historia de nuestro país verifica esta visión. Los acuerdos de precios en el pasado lograron por un tiempo reprimir las consecuencias de la inflación. Sin embargo, tarde o temprano, como nunca se corrigieron las causas últimas de la misma, los precios volvieron a subir, cada vez con más fuerza que en el período anterior.

Esperemos que de aquí en adelante no volvamos a repetir los errores del pasado. Aunque confieso que no tengo muchas esperanzas.

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