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Alberto Fernández: Keynesiano Ford T

La falacia del consumo y la producción ataca de nuevo.

Esta semana el candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández, disertó en un evento de la Fundación Mediterránea en Córdoba.

Por los medios circuló mucho su propuesta de hacer un canje de deuda “a la uruguaya”, lo que implicaría postergar los vencimientos, pero sin tocar capital e intereses.

Obviamente, la propuesta luce interesante, pero cuando les preguntaron a los uruguayos cómo lo habían logrado, dijeron que se consiguió gracias a que hicieron un gran ajuste fiscal.

Parece que a la maldita palabra ajuste no le escapa nadie que quiera hacer cosas medianamente serias.

Ahora bien, una parte del discurso que tal vez se pasó por alto fue la del diagnóstico que hizo de la situación económica actual y de cómo se piensa revertirla en el futuro.

Tras criticar el intento del gobierno de Macri de bajar la inflación utilizando “solo la tasa de interés” y “bajando el consumo”, Alberto afirmó:

“… el gobierno no tuvo en cuenta las características de la economía argentina. Argentina es un país que consume el 70% de lo que produce. Cuando uno baja el consumo, baja la producción, cuando baja la producción, afecta el empleo y cuando afecta el empleo, genera pobreza. Y eso es lo único que se ha producido en Argentina: pobreza.

Tenemos que poner en marcha la economía de otro modo, promoviendo el consumo interno.”

La idea resuena a las típicas “políticas keynesianas” que proponen que, para reactivar una economía, se debe estimular la demanda. No obstante, tenemos que decir que todo el razonamiento de Fernández es profundamente incorrecto.

Keynesianas, keynesianos y keynesianes

No todos los economistas coinciden en sus opiniones. Ni siquiera cuando forman parte de la misma corriente de pensamiento.

Uno podría suponer que Keynes miraría con horror un ajuste del gasto público, pero lo cierto es que uno de sus más famosos seguidores a nivel global, Paul Krugman, dijo recientemente que el programa económico de Macri fue un fracaso porque “Macri no quiso o no pudo afrontar el costo político de recortar el gasto público”. O sea, porque no ajustó lo suficiente.

En 2014, el economista chileno Andrés Velasco también avisaba que con semejantes niveles de inflación, la política keynesiana no buscaría incentivar (todavía más) la demanda agregada.

Para Velasco:

“… los Kirchner han asegurado que la demanda sea muy superior a la oferta. Esto se advierte claramente en la tasa anual de inflación de Argentina, la que se ha mantenido en alrededor del 20% durante más de 10 años”.

Como se observa, no todos los Keynesianos son como Kicillof o como Fernanda Vallejos.

Consumo y PBI

Otra observación que hace el muy probable próximo presidente de los argentinos es que una de las características de nuestra economía, aparentemente ignorada por el macrismo, es que somos un país que consume el 70% de lo que produce.

Por tanto, estimular el consumo es necesario para estimular la producción y reducir la pobreza.

Imagino la sorpresa que se llevaría Fernández si conociera el porcentaje del PBI que el consumo representa en otros países, como Estados Unidos o España.

Fuente: ICYA en base a INDEC, BEA e INE España.

Si se considera lo que consume el sector privado, en Argentina es 74% del PBI, en Estados Unidos 68% y en España es 58%. Si a eso se suma el sector público, el consumo agregado en todas estas economías supera el 75% del PBI. Al parecer, no somos un caso tan excepcional.

Lo más importante, sin embargo, es que este dato no quiere decir mucho.

Usos y Fuentes

Lo que Alberto Fernández no entiende es de qué se habla cuando se habla de PBI. El Producto Bruto Interno de una economía es la cantidad de bienes y servicios finales producidos en un país en un período dado.

Que esa producción, luego tenga diversos “usos”, como el consumo, el gasto público o la inversión, no quiere decir que el consumo sea la “fuente” de la producción. De hecho es todo lo contrario: dado que un país produce un PBI, puede utilizar esa producción para consumirla, invertirla, o venderla al extranjero para conseguir productos importados.

Bajándolo a un ejemplo sencillo, si yo tengo ingresos por $ 1000, consumo $ 700, invierto $ 200 y pago impuestos por $ 100, esto no quiere decir que el consumo de $ 700 genere mi ingreso de $ 1000. Mucho menos, claro, que la fuente de mis ingresos sean los impuestos que pago.

Por si esto fuera poco, si tomáramos otra forma de medir la producción, llegaríamos a conclusiones diametralmente opuestas.

Como explicaron en un muy buen artículo publicado en La Nación los profesores Cachanosky, Krause y Ravier:

“… precisamente por su definición, el PBI esconde las etapas previas del proceso de producción, es decir todo lo que ocurre desde que se inició el proceso de desarrollo de la semilla de trigo, pasando por su siembra y cosecha, su transformación en pan y su distribución  hasta que llega al consumidor. Si tomamos todas las transacciones en cuenta la situación se revierte: dos tercios del proceso son las etapas previas a la producción del bien o servicio final.

Esto llevaría a conclusiones de política económica distintas: si se quiere reactivar la economía, habría que alentar la inversión y la producción, que luego generarán mayor consumo.

Alberto Fernández dice que de esta crisis se sale promoviendo el consumo. Ahora dado que 1) son pocos los keynesianos que recomendarían lo mismo en estas circunstancias, 2) que la relación consumo PBI en Argentina no es distinta a la de otros países, y 3) que, encima, la lectura de los datos es errónea, podemos concluir que Las ideas avanzadas por el candidato a presidente no deben ser catalogadas de puramente Keynesianas.

Se trata, en realidad, de una versión más básica de la corriente de pensamiento en cuestión. Una versión más rudimentaria, más cercana a Kicillof, Fernanda Vallejos, y otros economistas de la escena local. Es lo que un economista amigo mío alguna vez definió como “keynesianismo Ford T”.

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