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Dos Décadas Perdidas

En términos de riqueza, Argentina está hoy apenas por encima de 1999.

Los datos económicos más recientes son todos negativos. La inflación se aceleró al 4% en agosto. El desempleo subió en el segundo trimestre y, si bien la economía mostró un marginal avance del 0,6%, se espera que vuelva a caer este año alrededor de 3%.

Así, Argentina entra en el segundo año de recesión consecutivo… ¡Y el cuarto de los últimos cinco años!

La situación es verdaderamente mala… Aunque es incluso más triste si hacemos una lectura de más largo plazo.

La riqueza de un país

El fenómeno de la riqueza y la pobreza ha atraído a los economistas desde tiempos inmemoriales. No es casualidad que el libro más famoso de Adam Smith, el fundador de la ciencia económica, se titule “Una Investigación acerca de la Naturaleza y las Causas de la Riqueza de la Naciones”.

Para definir la riqueza, la medida más estándar que utiliza la ciencia económica es el PBI per cápita. Esto es, la cantidad de bienes y servicios producida en un período de tiempo por un país, dividido por el número de habitantes de ese país.

La idea que busca dar este indicador es qué capacidad de consumo de bienes y servicios tiene cada habitante, puesto que se asume que a mayor disponibilidad de bienes, más satisfechas están la necesidades. Y de eso se trata la riqueza y la pobreza. A mayores necesidades satisfechas, menor pobreza y mayor riqueza.

Es por ello que el crecimiento económico es tan importante para una nación. Porque en la medida que haya crecimiento per cápita (es decir, en comparación con la cantidad de individuos), habrá más producción, lo que quiere decir, más bienes y servicios para satisfacer las necesidades de la gente.

Lamentablemente, la película del largo plazo muestra que, para nuestro país, ha sido casi imposible crear riqueza en los últimos 20 años.

Décadas perdidas

Para medir el PBI per cápita es importante hacerlo en términos reales. Es decir, tener una idea clara de la cantidad de bienes que hay a disposición, independientemente del precio que estos bienes tengan.

Una vez que tenemos estos datos, podemos comparar cómo ha sido el desempeño de diferentes países a lo largo del tiempo.

Así, si nos paramos en el año 2019 y miramos 20 años hacia atrás, obtenemos un gráfico como el de abajo, que muestra que Argentina ha prácticamente dilapidado las últimas dos décadas de su historia.

En el gráfico se observa el PBI per cápita (en términos reales) de Argentina, Chile, Perú y Colombia desde 1999 hasta 2019. Lo que nos dice la imagen es que, partiendo del mismo lugar en 1999, la evolución de los 4 países ha sido dispar.

En concreto, si en Perú un ciudadano disponía de 100 unidades de bienes y servicios para satisfacer necesidades, en 2019 dispuso de 202. La producción per cápita allí se duplicó en 20 años.

En los casos de Colombia y Chile el crecimiento no fue tan impresionante, pero igualmente hubo uno contundente: +73% y + 67% respectivamente.

La “oveja negra” de esta familia es Argentina. La producción por habitante solo pudo avanzar 16%. O sea que los argentinos hoy, después de 20 años, 7 presidentes, y 17 ministros de economía, solo hemos incrementado nuestra riqueza en un minúsculo 16%.

Nuestros vecinos, como mínimo, cuadruplican esta performance.

¿Qué nos pasó?

Como puede verse en el gráfico, la evolución de la producción en Argentina tiene tres etapas diferenciadas. La primera, que va desde 1999 a 2002, está marcada por la “crisis de 2001”. La segunda es el rebote de esa crisis que, como expliqué aquí, no fue más que eso. O sea, no es que Néstor nos sacó de la crisis, como se suele decir, sino que la devaluación destruyó el salario, lo que hizo de la recuperación algo inevitable.

La tercera etapa muestra el fin de esa recuperación y el lento pero sostenido deterioro de las condiciones de vida en el país desde el año 2011 en adelante.

Depresión, rebote y decadencia. Un ciclo deplorable.

Muchas causas institucionales y políticas pueden encontrarse para explicar este fracaso. Y mucho debate seguramente se podrá generar, pero desde la economía hay dos cuestiones que son clave: el déficit fiscal y la inflación.

El déficit fiscal fue lo que llevó, a fines de los 90, a la crisis de deuda más grande que haya enfrentado la economía del país. En los años 2000, el superávit heredado de la devaluación de 2002 fue consumiéndose año tras año, y la emisión monetaria para compensar eso fue llevando a la inflación.

Entre 2002 y 2019 la inflación acumulada en nuestro país fue de 3370%. En Colombia de 106%, en Chile de 70% y en Perú de 61%.

Lo notable del caso es que la inflación, la deuda y el déficit fiscal son todos hijos del mismo padre: un tamaño del estado que es demasiado grande para lo que los argentinos estamos dispuestos a pagar.

A su vez, ese gasto es resultado de la adoración que el argentino promedio tiene por el estado. Y esto es llamativo, porque por un lado adoramos al estado, y por el otro, como no estamos dispuestos a financiarlo con impuestos, caemos en crisis de deuda e inflación de manera sistemática…

O como dicen que decía Armando Ribas, los argentinos amamos las causas de la inflación (el gasto público alto), pero después despotricamos contra sus consecuencias (la inflación, o la deuda, para el caso).

Esperemos que llegue el día que nos enojemos no solo con las consecuencias, sino con las causas profundas de nuestro fracaso. Si eso llega, tal vez podamos salir adelante.

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