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El capitalismo y la familia

La economía de mercado es responsable por los cambios permanentes en la estructura familiar.

Es difícil pensar en una institución social que haya experimentado más cambios en menos tiempo que la familia en las últimas décadas. Aunque la magnitud y rapidez de esos cambios a veces se exageran, desde mediados de la década de 1960 se ha visto una evolución continua en una variedad de formas.

Los cambios en la forma y funciones de la familia han provocado una cantidad de respuestas desde la izquierda y la derecha del espectro político, siendo la primera en gran medida tolerante o comprensiva con esos cambios y la segunda crítica con ellos.

Lo que se ha perdido en el debate estándar entre izquierda y derecha es el papel crucial que desempeñó la economía de mercado en muchos de esos cambios. El resultado es que muchos en la derecha que dicen apoyar al orden del mercado, continúan resistiéndose a los cambios culturales que éste ha hecho posible. Mientras tanto, aquellos de izquierda que abrazan el dinamismo de la cultura se niegan a ver o dar crédito al dinamismo del mercado por hacer posibles esos cambios y sostenerlos.

Quienes valoramos el dinamismo del libre mercado y su poder para expandir el rango de la libertad humana haríamos bien en aplicar esas ideas a los cambios recientes en la familia. Comenzaríamos así a ver que esos cambios han sido el resultado del poder creador del mercado libre, y que por tanto han expandido el espectro de la libertad humana.

Al hacer la doble afirmación de que el mercado es una razón clave por la que la familia ha cambiado de la forma en que lo ha hecho y que esos cambios son buenos, necesito responder a una objeción inicial. Ciertamente es cierto que varias formas de regulación gubernamental, incluido de manera considerable el estado de bienestar, han influido en la dirección en la que han evolucionado las familias en los últimos 40 años. Cualquier análisis exhaustivo de los cambios en la familia tendría que tener en cuenta esos factores.

Mi objetivo aquí, sin embargo, es argumentar que los cambios más fundamentales y de largo plazo han sido el resultado del crecimiento económico impulsado por el mercado y que esos cambios han sido en gran medida buenos. Los cambios más recientes de los últimos 40 años son simplemente aceleraciones de esas tendencias a más largo plazo.

La familia como organización económica

A lo largo de la historia medida en siglos, la evolución de la familia se puede resumir como un movimiento del trabajo desde el hogar al mercado, cuyo resultado fue la liberación del ser humano del trabajo innecesario y un cambio en las funciones centrales de la familia. Antes del capitalismo, la familia era tanto la unidad central de producción económica como la institución política central. En una economía basada principalmente en la agricultura y, en segundo lugar, en la pequeña artesanía, la producción económica era en gran parte para la propia supervivencia de la familia y se realizaba con el capital limitado que poseía el hogar.

Con capital físico limitado, se requerían métodos de producción intensivos en mano de obra, especialmente en la agricultura, lo que hacía preferibles a las familias más numerosas. Además, con recursos financieros limitados y pocas oportunidades para almacenar riqueza material durante largos períodos, tener una familia numerosa era una forma de seguro de vejez. La familia de la Edad Media era una unidad social que lo abarcaba todo, unida por la necesidad de sobrevivir económicamente.

En ese entorno, tanto hombres como mujeres tenían que contribuir de múltiples formas a la supervivencia del hogar. Ambos trabajaban en los campos cuando era posible. Los niños mayores también trabajaban en los campos y cuidaban a los hermanos menores. La división del trabajo por género que caracterizaría a las familias posteriores no estaba tan presente. Además, los lazos que unían a las parejas casadas y las familias sostenidas no eran el amor romántico como lo entendemos ahora, sino las cuestiones más prácticas de «compatibilidad productiva» y la política del estatus familiar. El matrimonio basado en el amor tuvo que esperar a la revolución capitalista.

El evento clave de esa revolución fue la llegada del trabajo asalariado. A medida que algunos acumulaban capital suficiente para abrir las primeras fábricas, comenzaron a contratar trabajadores ajenos a sus familias para operar las máquinas.

Este cambio en las condiciones de producción trasladó el “trabajo” del hogar a la fábrica. Es el trabajo asalariado el que crea la distinción entre “producción de mercado” (obtener ingresos en el mercado) y “producción doméstica” (los productos generados en el hogar como comidas cocinadas, cuartos limpios, cuidado de niños y similares). El trabajo asalariado separó «trabajo» y «hogar» por primera vez en la historia de la humanidad, y las consecuencias para las familias fueron enormes.

Al inicio de ese proceso, no era raro que tanto los padres como los niños mayores trabajaran en las fábricas. Pero a medida que continuaba el crecimiento inspirado por el mercado, los salarios que las empresas podían ofrecer aumentaban y las familias retiraron lentamente del mercado la mano de obra infantil y luego la femenina. Los salarios que ganaban los hombres eran suficientes para mantener a sus familias, especialmente ahora que el cambio de la agricultura a la industria significaba que menos niños eran económicamente necesarios. 

Como parte de este proceso, el papel de los niños en la familia pasó de ser productores económicos netos a consumidores netos de recursos. Por lo tanto, los costos crecientes y los beneficios (materiales) decrecientes de tener hijos redujeron su cantidad demandada. Un resultado, por supuesto, fue que los padres, con menos hijos y menor necesidad de sus ingresos, podían permitirse invertir en su educación y formación. Fue el crecimiento impulsado por el mercado lo que redujo el costo de oportunidad de educar a los niños. Y a medida que los niños obtuvieron mayores niveles de educación, su capacidad para obtener ingresos aumentó, creando aún más oportunidades de este tipo para la próxima generación.

El cambio en las funciones del matrimonio

El orden de mercado también cambió las funciones fundamentales del matrimonio y la familia. A medida que la producción de mercado se separó cada vez más de la producción familiar en el Siglo XIX, disminuyó la necesidad de casarse por consideraciones económicas. El progresivo ascenso de la democracia también ha debilitado el motivo político del matrimonio.

Como resultado, los jóvenes fueron más capaces de crear matrimonios basados en el amor romántico y otras formas de compatibilidad emocional y psicológica. El matrimonio basado en el amor representó la influencia progresiva del individualismo sobre la cultura, habiendo conquistado ya la economía a través del capitalismo y la política a través de las democracias constitucionales.

A medida que muchas de las funciones económicas y políticas de la familia salían del hogar, y las mujeres y los niños regresaban a él, surgieron nuevas funciones para llenar el vacío. Las familias se preocuparon cada vez más por la satisfacción psicológica y emocional, y la infancia experimentó quizás el cambio más grande.

Durante siglos se había considerado a los niños como «mini-adultos» de los que se esperaba asumieran responsabilidades adultas tan pronto como pudieran. La riqueza que trajo el sistema de mercado cambió eso, dando paso a lo que los historiadores llaman la «niñez protegida». Ahora que las mujeres no eran necesarias en la fuerza laboral y los niños podían quedarse en casa y recibir educación, la infancia se convirtió en un momento para que los niños estuvieran «protegidos» del mundo de los adultos. Para que pudieran jugar y aprender, sin importar las preocupaciones de los mayores.

Al mismo tiempo, las mujeres adquirieron nuevos roles dentro de la familia. Mientras que en la época preindustrial las mujeres y los hombres compartían muchas de las tareas en la unidad de producción familiar, la industrialización trajo una división del trabajo por género (de corta duración, según resultó) en la que los hombres ocupaban la esfera pública del trabajo y la política, y las mujeres la privada esfera del hogar.

Se gastó una gran cantidad de energía durante la era victoriana argumentando que esta división del trabajo era realmente una forma de igualdad, ya que hombres y mujeres fueron asignados a sus «esferas separadas» en las que cada uno sobresalía. Los géneros no eran desiguales, simplemente «diferentes». A comienzos del Siglo XX, la familia sostenida económicamente por el hombre se estaba convirtiendo en la forma dominante en la clase media, y se extendía lentamente hacia abajo en la escala socioeconómica.

Cualesquiera que fueran los méritos de esta forma de familia, dos cosas eran ciertas: primero, la riqueza creada por el orden del mercado había liberado a mujeres y niños de la necesidad de un trabajo industrial en gran medida desagradable. En segundo lugar, la forma y las funciones de la familia continuaron evolucionando. Este último punto es crucial porque muchos hoy hablan de la familia “tradicional” como si una forma de familia particular hubiera existido durante siglos hasta los cambios de los últimos 40 años. Pero incluso un estudio superficial de la historia económica y social indica que la forma y las funciones de la familia han experimentado cambios significativos al menos desde los primeros días de la industrialización, si no antes.

Dos cosas ocurrieron en el Siglo XX que terminaron por deshacer lo que parecía ser una forma familiar bastante estable. Primero, la innovación tecnológica comenzó lentamente a producir dispositivos que ahorran trabajo en la producción doméstica. En segundo lugar, el crecimiento continuo impulsado por la economía de mercado aumentó la demanda de mano de obra (incluida la mano de obra femenina) y continuó aumentando el poder adquisitivo de los salarios en toda la economía.

La necesidad cada vez menor de trabajo humano en la producción doméstica abrió la posibilidad de que las mujeres pudieran encontrar empleo en el mercado. La tendencia ascendente de las tasas de participación laboral femenina no comienza a finales de la década de 1960, como parecen suponer muchos críticos de la familia moderna. Fue un crecimiento bastante constante que comenzó en las décadas de 1920 y 1930 cuando los electrodomésticos modernos y la menor cantidad de niños liberaron el tiempo de las mujeres y la creciente demanda y los salarios más altos para el trabajo orientado a los servicios las atrajeron a la fuerza laboral. La experiencia «Rosie the Riveter» de muchas mujeres durante la Segunda Guerra Mundial aceleró ligeramente esta tendencia, pero el crecimiento en el número de mujeres trabajadoras ya estaba en marcha.

La familia tradicional de la década del ‘50

La década de 1950 a menudo se venera como el apogeo de la llamada «familia tradicional». Hay algo de verdad en esta afirmación. Las representaciones en los medios de comunicación de la familia donde el hombre trabaja y mantiene económicamente el hogar mientras las mujeres realizan tareas domésticas, convirtieron una forma familiar común, aunque de ninguna manera exclusiva, en una aspiración de millones (al presentarse no sólo como común sino también como altamente funcional).

La realidad de la década de 1950, como sabemos ahora, era que las mujeres, y en menor medida los hombres, de esas familias no eran tan felices como parecían sus contrapartes ficticias. Además, había muchas más esposas de no ficción en la fuerza laboral de las que parecían sugerir “Ozzie y Harriet” o “Leave It to Beaver” incluidas, se podrá notar, ¡las actrices que interpretaron a esas amas de casa! Los datos sobre la participación femenina en la fuerza laboral muestran el aumento constante de mujeres asalariadas a lo largo de la década.

El movimiento de mujeres de la década de 1960, entonces, no fue la causa del «declive» de la familia, aunque aceleró las tendencias a largo plazo. Por un lado, no ha habido cambios significativos en el crecimiento de la participación femenina en la fuerza laboral. Por otro lado, los continuos cambios en la familia fueron más el resultado del dinamismo económico que de cualquier otra cosa.

Como argumenta la historiadora Stephanie Coontz en “The Way We Never Were”, el movimiento feminista fue mucho más el resultado de que más mujeres hubieran ingresado a la fuerza laboral, que la causa de ello. Con la entrada de las mujeres en la esfera pública del mercado que antes era masculina, las desigualdades entre hombres y mujeres se hicieron más evidentes, lo que llevó al surgimiento de un movimiento de cambio. A pesar de la forma en que los conservadores a menudo describen el movimiento feminista como un surgimiento en oposición al capitalismo, sería igualmente exacto decir que surgió debido a la riqueza y las oportunidades que el capitalismo hizo posible. En este sentido, el dinamismo del orden de mercado va de la mano con el dinamismo de la cultura, y el movimiento de mujeres es un ejemplo más de las formas en que el capitalismo ha liberado a las personas del poder coercitivo del Estado y ha promovido la igualdad social.

En las décadas posteriores, estas tendencias simplemente han continuado a buen ritmo, aunque vale la pena señalar varios aspectos. El crecimiento económico continuo ha tenido dos consecuencias importantes. Una es que los costos reales de los sustitutos del trabajo doméstico han disminuido. La otra es que los salarios reales de hombres y mujeres siguen aumentando.

El resultado combinado es que las familias deben participar progresivamente en menos de las formas tradicionales de producción familiar. Muchos de los productos y servicios históricos de producción doméstica ahora se pueden fabricar en el hogar mucho más fácilmente (a través de microondas, lavadoras / secadoras, etc., todos los cuales son notablemente más baratos que en años anteriores) o se pueden comprar a un precio más bajo en el mercado. 

Piense en cómo incluso las familias de ingresos modestos salen a comer con más frecuencia, pagan el cuidado de los niños, limpian la ropa en seco o incluso contratan a una persona para hacer la limpieza. ¿Quién, hace 30 años, hubiera imaginado el crecimiento de los salones de uñas cuando esos lugares eran frecuentados únicamente por las mujeres más ricas?

La única tendencia notablemente distinta de los últimos 40 años es el gran aumento de mujeres en la fuerza laboral que tienen hijos en edad preescolar. El tamaño más pequeño de las familias y el aumento de los ingresos reales de las mujeres, ya sean casadas o solteras, han hecho que el pago del cuidado de los niños sea económicamente viable en formas que antes no lo era, y la extensión de la educación formal a los 3 y 4 años en algunos casos ha acelerado esta tendencia.

Estos desarrollos en el ámbito económico han continuado el cambio en las principales funciones de la familia de ser principalmente económicas a principalmente psicológicas. El matrimonio se ha convertido cada vez más en una cuestión de felicidad; tener una familia se ha convertido cada vez más en una cuestión de satisfacción personal de criar hijos; y la «infancia protegida» de la era victoriana se ha convertido en la «adolescencia extendida» del Siglo XXI.

Los padres trabajan las mismas horas o menos en el mercado en comparación con años anteriores, pero parecen más ocupados porque invierten su tiempo de «trabajo doméstico» en oportunidades para sus hijos, desde las muy discutidas «mamás del fútbol» hasta los papás que llevan a los niños a lecciones de música actividades de enriquecimiento académico, y todo tipo de cosas similares.

En la medida que el mercado ha asumido progresivamente las tareas asociadas con el hogar basado en la familia (desde la obtención de ingresos hasta los sustitutos de la producción familiar), la gama de cosas que produce el hogar se ha reducido, dejando sobre todo lo psicológico. Por lo tanto, las familias modernas se obsesionan con cómo les va psicológicamente, y con frecuencia exageran la fragilidad psicológica de sus hijos y los sobreprotegen del fracaso, lo que a menudo conduce a problemas cuando esos niños se vuelven más independientes, por ejemplo, en la universidad, y tienen que enfrentarse a situaciones difíciles como la decepción y el fracaso por sí mismos.

Dejar el matrimonio es más fácil

Por supuesto, en la medida que las familias se vieron más unidas por el amor y la satisfacción emocional, la demanda de formas más fáciles de dejar el matrimonio no debería sorprender. 

Cuando el matrimonio es una necesidad para la supervivencia, especialmente para las mujeres, el costo y la rareza del divorcio son quizás comprensibles, incluso si en algunos casos va en contra del interés superior de la mujer. Pero si el matrimonio se basa en el amor, es normal que crezca el deseo de dejar matrimonios que no son satisfactorios emocionalmente. La revolución del divorcio sin culpa de la década de 1970, aunque ciertamente problemática en algunos aspectos, fue nuevamente más un efecto que una causa de los cambios en la familia.

El matrimonio se convirtió de forma progresiva en algo destinado a la satisfacción emocional mucho antes de la década de 1970. Y las leyes que facilitan el divorcio son la forma que tiene el estado de reconocer lo que ha sido un cambio cultural en la naturaleza del matrimonio y un cambio económico que brinda a las mujeres suficiente independencia financiera y suficientes oportunidades de mercado para hacerlo solas. Los mismos factores explican la edad cada vez más tardía del primer matrimonio y la tasa de natalidad aún en descenso.

Para los conservadores que celebran el amor romántico y defienden la economía de mercado, pero también se quejan de la tasa de divorcios y de las mujeres en el mercado de trabajo, esto plantea algunos problemas: es el capitalismo el responsable de que el amor romántico esté en el centro del matrimonio, de los mayores ingresos para las mujeres y, por tanto, de la mayor demanda de un menor costo para el divorcio.

Uno de los últikmos resultados de los efectos del capitalismo sobre el crecimiento económico y el surgimiento del matrimonio basado en el amor es quizás el tema cultural más controvertido de principios del Siglo XXI: la demanda por la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. La lenta aceptación de la idea del matrimonio entre personas del mismo sexo es la culminación de dos de las tendencias impulsadas por el capitalismo que ya hemos identificado. Primero, el crecimiento económico hizo posible que hombres y mujeres sobrevivan fuera de la institución de la familia.

Como sostiene el historiador de la sexualidad John D’Emilio, fue el trabajo asalariado creado por el capitalismo lo que hizo posible la noción de «identidad gay». Separar la capacidad de obtener ingresos de la familia heterosexual significaba que era posible vivir la vida de uno como homosexual de una manera que nunca antes había sido posible. El aumento gradual de la visibilidad social de los gays primero y luego de las lesbianas durante el Siglo XX refleja el cambio en el matrimonio y la familia de una institución económica a una psicológica, nuevamente posible gracias al capitalismo.

En segundo lugar, dado que la satisfacción emocional se convirtió en una función central del matrimonio, no debería sorprendernos que gays y lesbianas quisieran participar. Cuando la atracción romántica y sexual se convierten en las razones para casarse y permanecer juntos, ¿qué, argumentan los gays y las lesbianas, diferencia sus relaciones de las heterosexuales? Cuando el número de parejas sin hijos sigue creciendo y cuando más parejas heterosexuales tienen hijos por adopción o reproducción artificial, ¿qué las diferencia de las parejas del mismo sexo?

Aunque los historiadores de izquierda como D’Emilio al menos reconocen las formas en que el capitalismo ha hecho posible la identidad gay y, por lo tanto, la demanda del matrimonio entre personas del mismo sexo, todavía se esfuerzan por señalar que esto no significa que el capitalismo sea realmente bueno. Los conservadores, sin embargo, parecen no darse cuenta de la conexión. Siguen diciendo defender las grandes cosas que ofrece el capitalismo (y, a menudo, comprenden correctamente las formas en las que no se pueden controlar sus efectos económicos) pero se quejan del dinamismo cultural que es el resultado directo del dinamismo del mercado. De hecho, la única forma de detener los cambios culturales a los que se oponen los conservadores sería cerrar la libertad individual, los procesos de mercado empresarial y el crecimiento económico que son parte integral de una economía de mercado.

La economía y la cultura están profundamente interconectadas. La evolución histórica de la familia es en muchos sentidos una consecuencia del enorme crecimiento económico que ha producido el capitalismo. Esos cambios en la familia primero liberaron a los hombres, luego a las mujeres y los niños del trabajo penoso y físico del trabajo preindustrial. Han movido las funciones de la familia hacia arriba en la jerarquía de necesidades de Abraham Maslow. Nuestras relaciones familiares ahora se refieren a la autorrealización, que ocupa la parte superior de esa lista. 

Ese es uno de los objetivos más importantes de los progresistas en todo el mundo. Sin embargo, siguen siendo reacios a darle al capitalismo el crédito adecuado por los mismos cambios que aplauden. Mientras tanto, los conservadores se retuercen las manos sobre la expansión de la libertad en el ámbito cultural mientras continúan elogiando, en su mayor parte, la libertad en el ámbito económico que la hizo posible e impulsa su continua evolución.

Aquellos de nosotros que creemos en el poder de la libertad en todos los ámbitos de la interacción humana podemos darnos cuenta de las tensiones y contradicciones tanto de la izquierda como de la derecha en esta problemática. Es que entendemos la interconexión de esas libertades. También entendemos que con la libertad llega un futuro que no podemos predecir ni controlar. A veces, esos cambios parecen aterradores o abrumadores y, a veces, en términos de F. A. Hayek, van en contra de nuestros instintos morales más arraigados.

Sin embargo, también sabemos que la libertad funciona. Ese conocimiento debería hacernos más abiertos a ver elementos más positivos en los cambios que el capitalismo ha traído a la familia. Tenemos la oportunidad de ser la voz del optimismo históricamente informado si la aprovechamos.

Artículo de Steven Horwitz, Profesor Distinguido de Libre Empresa en el Departamento de Economía de Ball State University, donde también es Director del Instituto para el Estudio de la Economía Política. Es el autor de Austrian Economics: An Introduction y Hayek’s Modern Family, entre otras obras. El artículo puede leerse en su versión original en este link.

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