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El gobierno tiene que eliminar el cepo y reconocer la devaluación que ya existe

Pero el miedo a las consecuencias de corto plazo se lo impide.

Si covid, coronavirus y pandemia son palabras que definen el 2020, sin dudas miedo tiene que estar entre ellas. Es que el miedo que nos generó esta nueva enfermedad llevó a las descabelladas cuarentenas y a las caídas económicas más grandes de las que se tenga memoria.

El miedo, ahora, también llegó al programa económico del gobierno, que esta semana anunció algunas medidas para evitar el drenaje de reservas y la incertidumbre respecto del dólar.

En Argentina, gracias a la vigencia del cepo, existen al menos dos tipos de cambio. Por un lado, el tipo de cambio oficial, que el día 30 de septiembre cerró a $ 80,7 para la compra. Por el otro, el dólar paralelo, que cerró $ 146, u 80% por encima.

¿Qué estaba pasando?

Para evitar una avalancha de compras sobre el dólar oficial, que en comparación con el blue está súper-híper-mega barato, desde hace un tiempo que al mismo se le aplica un impuesto del 30% si el comprador quiere destinarlo a ahorro o turismo. También, se limita hasta 200 las cantidades que cada persona puede comprar.

No obstante estas restricciones, los compradores de dólar para ahorro pasaron de menos de un millón a casi 6 millones en pocos meses. Es que, claro, si lo que vale 100 me lo venden a 50 (con impuesto incluido), no hay mucho que pensar. Es por esto que hace unas semanas el Banco Central y la AFIP decidieron imponer un nuevo impuesto, y llevar el dólar ahorro a $ 135, reduciendo algo la brecha con el paralelo.

El problema de demanda no es el único. También aquellos que necesariamente deben vender dólares (como los exportadores, que cobran en divisas pero necesitan pesos para pagar salarios, insumos y servicios) se muestran reticentes a liquidar y, en el peor de los casos, cesan en su actividad productiva ya que los números a un dólar de $ 80 son muy inferiores a los de un dólar a $ 146. La brecha cambiaria, entonces, funciona como un impuesto a la exportación, al que hay que sumarle las retenciones.

El diagnóstico entonces un dólar oficial híper barato al que sobran compradores y faltan vendedores. Esto lleva a la pérdida de reservas del BCRA y a una expectativa de inminente devaluación del tipo de cambio.

¿Qué anunciaron?

El día jueves por la tarde, tanto el Ministro de Economía, Martín Guzmán, como el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, lanzaron algunas medidas para intentar revertir esta situación. En materia de retenciones, por ejemplo, Guzmán anunció que, entre otras, las retenciones a la soja bajan del 33% al 30% en el mes de octubre, y que luego irán subiendo nuevamente hasta restablecerse en febrero.

Si consideramos a un exportador de soja que debe pagar retenciones, vemos que cuando exporta USD 1, en lugar de recibir un total de $ 146, recibe (producto de que liquida su venta en el mercado cambiarlo) oficial, $ 77, pero si a eso se le restan las retenciones del 33%, entonces se queda con $ 51,6. Es decir que por cada dólar exportado paga un impuesto total de $ 94. Con la modificación reciente, que deja el «dólar soja» en $ 53,9, el exportador pasará a pagar $ 91,7, un impuesto total del 62%.

Curioso que semejante impuesto a la exportación venga de parte de quienes quieren «salir de la crisis exportando».

El Banco Central, por su parte, usó el eufemismo de la «volatilidad» para indicar que de ahora en más permitirá que el precio del dólar oficial suba un poco más rápido. Así, en el primer día tras las medidas, el dólar oficial pasó de $ 80,8 a 82,4 para la compra, un aumento de 2,02%.

El 2% de aumento, como se observa, es poca cosa comparada con la brecha del 80% mencionada más arriba. Por último, el Banco Central también anunció una suba de la tasa de pases, instrumentos que utiliza para regular la cantidad de dinero, desde el 19% al 24% anual.

Miedo

Para sintetizar un poco, las medidas del gobierno fueron 3: más devaluación, baja de impuestos y suba de tasas.

Si uno leyera esto por arriba diría que es razonable. Sin embargo, la magnitud de los movimientos es verdaderamente insignificante. El gobierno debería moverse exactamente en la dirección que lo hizo ayer, pero a un ritmo sideralmente mayor.

En concreto, tiene que eliminar el control de cambios, reconociendo la devaluación que ya existe. Tiene que eliminar o al menos bajar a la mitad y de forma permanente las retenciones a la exportación. Finalmente, debe llevar la tasa de interés a un nivel que supere la inflación esperada.

Ahora bien, ¿por qué no hace todo esto pero sí «un poquito» de todo esto? Porque tiene miedo. Y es razonable que lo tenga.

Es que, en el corto plazo, este combo de medidas generará inevitablemente un salto en el nivel de precios, una nueva depresión de los salarios reales y probablemente una nueva caída de la actividad económica. No obstante, una vez ocurrido eso se habrán sentado mejores bases para crecer.

La baja permanente de retenciones estimulará la exportación, la suba de la tasa (junto con una política fiscal más dura) bajará la inflación y el fin del cepo cambiario renovará el interés de los inversores externos en el país. Sueña el que cree que se puede crecer castigando la exportación, sin inversión extranjera y con inflación récord en el mundo.

El gobierno no avanza en estas medidas porque tiene miedo del impacto de corto plazo que puedan ocasionar. Sin embargo, así como con el coronavirus y la cuarentena, mantener el cepo, las retenciones y la tasa real en terreno negativo solo puede posponer las malas noticias. Pero el día del sinceramiento llegará, y mejor que sea antes a después, con más desequilibrios y distorsiones acumuladas.

Si no se avanza en estas medidas, la economía argentina igualmente tendrá un rebote en 2021, pero no tendrá chances de recuperarse y crecer de forma sostenida.

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