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El mito del gasto en obra pública

El gasto en infraestructura no es clave de recuperación.

Tras la reciente presentación del proyecto de presupuesto 2021, el gobierno espera que el ritmo de la recuperación económica se vea acelerado gracias al fuerte aumento que traerá la obra pública.

En concreto, el plan oficial es duplicar el gasto en infraestructura, pasándolo del 1,1% del PBI (donde quedó en 2019) al 2,2%. En el razonamiento del gobierno, este gasto no solo es deseable para mejorar la conectividad del país o las condiciones de salubridad de la población vulnerable, sino que funciona como un “botón” que, apretándolo, activa el consumo, lo que a su vez “tracciona la producción”.

El mecanismo es así: 

  • Primer paso, el gobierno gasta más en obra pública. 
  • Segundo paso, quienes reciben el dinero del gobierno aumentan sus ingresos. 
  • Tercer paso, con nuevos y mayores ingresos, los receptores deciden realizar nuevos gastos. 
  • Cuarto paso, el nuevo gasto “se derrama” hacia el resto de la economía, impulsando la producción y el empleo.

El ministro de economía, Martín Guzmán, resumió este proceso diciendo que se buscaba lograr “un ambiente más vibrante en las condiciones de demanda”.

¿Será esto así? ¿Dará resultado esta vez? La respuesta, lamentablemente, es negativa.

Primero los datos

Antes de analizar en profundidad el razonamiento pro-gasto que moviliza al gobierno, vale la pena ver lo que ocurrió entre 2011 y 2015. En el año 2011, el gasto de capital era del 2,5% del PBI, y cayó al 2,3% en 2012. Sin embargo, para 2015 éste había subido a 2,9%, aumentando un 200% en términos nominales, y 34% en dólares al tipo de cambio oficial. En concreto, entre 2011 y 2015, el gasto público en infraestructura pasó de USD 12.900 millones, a USD 17.300 millones, una inyección de casi USD 4.400 millones de dólares de estímulo a la demanda.

No obstante, se sabe, entre 2011 y 2015 la economía en su conjunto no sólo no creció en términos agregados, sino que cayó en términos per cápita, con lo que el aumento de gasto en obra pública fue contemporáneo de un deterioro de la calidad de vida de los argentinos.

Correlación y causalidad

Claro que si vemos estos mismos datos entre 2003 y 2009, por ejemplo, o entre 2016 y 2019, encontraremos la relación que le gustaría que se repita al gobierno. Es decir, un gasto en obra pública creciente con una economía en crecimiento y, más tarde, una economía cayendo con un gasto en obra pública también desplomándose.

Ahora lo que se debe explicar es el mecanismo que linda una cosa con la otra. Es perfectamente probable sostener, también, que la relación va de forma inversa: mientras la economía crece, crecen los recursos fiscales por lo que es posible financiar un mayor gasto en obra pública. Por el contrario, con la economía en crisis, es necesario hacer ajustes, y una forma “socialmente viable” de hacerlo es recortando el gasto en infraestructura.

O sea, no hay relación necesaria entre aumento de gasto en obra pública y crecimiento económico. Pero incluso cuando haya correlación, no es claro que la causalidad sea la que indica la teoría keynesiana que defiende el ministro Guzmán.

Lo que se ve y lo que no se ve

Existe una objeción más fundamental a la idea de mejorar el ambiente para la demanda subiendo el gasto público. Y esto es lo que Frédéric Bastiat, economista del Siglo XIX, definió así:

En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos. De estos efectos, el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, se ve. Los otros aparecen sucesivamente, no se ven; bastante es si los prevemos. Toda la diferencia entre un mal y un buen economista es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que no se ven, pero hay que prever.

¿Qué es, entonces, lo que se ve en el mayor gasto de infraestructura? Obviamente, se ven las grúas que se mueven, los camiones que llevan las piedras y la arena, los nuevos obreros empleados, y toda la actividad económica que dicho gasto inevitable e inexorablemente sí genera.

Si eso fuera todo, nada habría que objetar a la maniobra. De hecho, habríamos encontrado la fórmula mágica para la prosperidad. Solo bastaría que el gobierno gaste más, más y más, y la rueda del progreso nunca pararía.

Obviamente, las cosas no pueden ser tan sencillas. Y es que ahí aparece lo que “no se ve”: ¿Cómo se paga todo eso?

Si la nueva ruta construida con el nuevo gasto se financia con impuestos, los trabajadores que están pavimentando el camino serán trabajadores que habrán dejado de hacer otra cosa para la que también había demanda. Es decir, si el nuevo gasto se cubre con impuestos, la actividad económica generada en un sector se verá compensada con la actividad económica que se destruyó en otro.

Por otro lado, si el gasto es deficitario, y se cubre con deuda, entonces quienes le prestaron dinero al gobierno tendrán menos dinero para gastar ellos. Así, el gasto “reactivante” del gobierno será el ahorro “antiproductivo” del sector privado. Y +1-1 es igual a cero.

Lo mismo ocurre con la deuda externa o con la inflación. Si el gasto es con cargo a deuda externa, un menor tipo de cambio afecta negativamente a las exportaciones, y si es con cargo a inflación, la gente tendrá menos poder adquisitivo para consumir. 

Para cerrar, la obra pública no generará una reactivación económica. Puede que el año que viene crezcan tanto la economía como el gasto en infraestructura, pero esto no indica una relación de causalidad. 

Es que el gasto en infraestructura puede tener más sentido que el gasto corriente, pero en la medida que deteriore los incentivos del sector privado por más inflación, deuda o impuestos, será un peso para la economía, y no el botón para que ésta despegue.

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