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En defensa de la meritocracia

Los esquemas basados en el mérito son más justos y también más eficientes.

Argentina vive por estos días un claro cambio de paradigma. En materia de plan económico, se abandonó el programa de austeridad fiscal propuesto por el FMI y se lo reemplazó por otro ajuste, el del Ministro Guzmán, cuyo foco principal es la suba de impuestos.

Relacionado con esto parece haber una dimensión mucho más amplia del cambio. Algo que roza lo filosófico y que merece ser debatido. Es que el discurso oficial pone mucho énfasis en la “solidaridad” en detrimento de la “meritocracia”, una palabra que se puso de moda recientemente, y que es frecuentemente bastardeada y ridiculizada por gran parte de la opinión pública.

Fue Victoria Donda, ex militante de izquierda, diputada, y ahora directora del INADI, quien resaltó este cambio que llamó cultural. Durante una participación en un canal de televisión, Donda afirmó que:

“El macrismo tenía otro concepto que era el de meritocracia. El que más se esfuerza es el que más llega, sin tener en cuenta desde donde partimos. No somos todos iguales, en este país 1 de cada 2 chicos menores de 14 está por debajo de la línea de pobreza. El punto de partida no es el mismo. Modificar el concepto de meritocracia por el de solidaridad es un profundo cambio cultural.”

Aparentemente, el concepto de meritocracia sería propio del macrismo y no debería exaltarse en un país donde hay chicos que son pobres.

¿Será así?

La Meritocracia

Para no atacar a un espantapájaros, lo más importante es intentar obtener una definición objetiva y consensuada sobre lo que es la meritocracia. De acuerdo con Donda, esto es que “el que se esfuerza más, llega”. Para Wikipedia, meritocracia implica “discriminación por méritos”. Es decir, un sistema donde “las posiciones jerárquicas son conquistadas con base en el mérito, y hay un predominio de valores asociados a la capacidad individual o al espíritu competitivo”.

El campeonato nacional de fútbol, entonces, es meritocrático, puesto que el que juega mejor se queda con el título. Llevado esto al plano de la economía y la sociedad, un esquema meritocrático sería aquel en el cual el que está más arriba en la escala de ingresos, por ejemplo, se merece estar allí, dado que ése es el resultado de su talento y creatividad personal.

El sistema capitalista, o la economía de mercado, es un sistema por definición meritocrático. El que llega más alto, lo hace siempre y cuando haya servido mejor a los demás. De hecho, las ganancias de una empresa en una economía de mercado no son otra cosa que el reflejo de que dicha empresa está satisfaciendo las necesidades de sus clientes. Y para satisfacer dichas necesidades, algún tipo de mérito hay que hacer.

Diferentes oportunidades

La meritocracia, sin embargo, tiene mala prensa. Y, según nos dicen, debe ser sustituida por la solidaridad.

De acuerdo con el filósofo Darío Sztajnszrajber el problema radica en que el punto de partida para evaluar el mérito individual de cada uno no es el mismo.

En un video que tiene más de 180 mil visitas en YouTube, Darío sostiene que:

“Todo esto supone una idea de origen, de que estamos partiendo de un origen común. Una igualdad en el punto de partida que permite entonces evaluar después en términos meritocráticos cuál de todos los individuos hizo más esfuerzo que el otro.

Pero para eso hay que suponer que el punto de partida es igual para todos. Ahora: ¿es el punto de partida igual para todos? La meritocracia colapsa en el momento en no puede justificar que los individuos no partimos todos de la misma igualdad de condiciones. Si partimos de situaciones muy distintas, hay algo que no cierra”

El razonamiento del filósofo concluye mostrando lo que es evidente: en Argentina (y en cualquier lugar del mundo), hay personas que nacen con más oportunidades que otras. ¿Oportunidades de qué? De tener una buena alimentación, vestido, salud y, fundamentalmente, una mejor educación.

Así, de acuerdo con los críticos de la meritocracia, el diferente punto de partida invalidaría el mérito. En este modo de ver las cosas “vos sos rico pero porque tu papá te pagó una buena educación”, o “vos sos rico porque recibiste una gran herencia”. El mérito individual, en este contexto, se diluye… y resulta que, después de todo, no es tan claro que te merezcas lo que tenés.

En términos prácticos, esta crítica (si bien es poderosa porque combina elementos que son a todas luces reales como que hay diferencias en el punto de partida), no es un argumento válido.

Es que la diferencia en el punto de partida no invalida la existencia de mérito. Que Novak Djokovic haya tenido un mejor entrenador que Juan Martín del Potro no niega que haya jugado mejor la final del US Open. Y tampoco elimina de plano la posibilidad de que Del Potro, o cualquier otro jugador, algún día le arrebaten el título.

En un esquema meritocrático, la única igualdad de punto de partida es la del reglamento, que se aplica por igual para todos. Luego cada uno juega con sus ventajas o desventajas de origen, y busca progresar. Es lo que hace atractivo el juego.

Riqueza y mérito

Llevándolo a la economía, tampoco es cierto que las diferencias de origen sean tan significativas o determinantes como nos quieren hacer creer. En un breve pero extremadamente lúcido artículo del economista español Juan Ramón Rallo se demuestra que ser multimillonario o hijo de multimillonario no garantiza per sé seguir siéndolo.

En efecto, comenta allí que prácticamente todos los hombres que en 1987 eran las 10 fortunas más grandes del planeta, no solo dejaron de serlo, sino que muchos vieron su capital reducido en niveles de hasta el 96%.

A la inversa se observa lo mismo. Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, o Amancio Ortega seguramente no provienen de la extrema pobreza, pero ninguno de sus progenitores o antepasados fueron tan ricos como ellos y allí están ahora, encabezando la lista de las mayores fortunas a nivel mundial.

La conclusión, entonces, es que más allá de que el punto de partida sí pueda ser distinto, el punto de llegada (que a su vez, es aquel que cada individuo subjetivamente desea) tiene mucho más de mérito personal que de suerte o riqueza  pasada.

Cuantificar el mérito

Sztajnszrajber hace un interesante comentario sobre la imposibilidad de cuantificar el mérito. ¿Cómo saber si una persona merece lo que tiene? ¿Cómo saber si una política redistribucionista tomó dinero del que se lo merecía para dárselo al que no se lo merecía, del que se esfuerza al que no lo hace?

Para él:

“El mérito es, de algún modo incomprobable en términos cuantitativos. ¿Cómo se comprueba el esfuerzo? ¿Para justificar qué, además? ¿Cuánta gente se rompe el culo y  sin embargo dada la estructura social no alcanza, ni por lejos, el objetivo que se da?”

Lo primero que hay que decir aquí es que es cierto que vemos mucha gente que “se esfuerza” y no alcanza sus objetivos en la vida. Pero cuánta gente también existe que tenía “todo servido en bandeja” pero lo ha echado a perder. Como reza un dicho inglés, a fool and his money are son parted (un tonto y su dinero rápidamente se separan).

En segundo lugar, se mezcla esfuerzo con mérito, confundiendo ambos términos. Que según Sztajnszrajber el señor “X” no haya hecho el esfuerzo necesario para tener el nivel de vida que tiene, no implica que no merezca lo que tiene. El problema aquí pasa por cómo se define “esfuerzo”.

Tercero y último, si no hay forma de cuantificar ese esfuerzo, eso aplica a todos los casos. O sea, si el rico no merece lo que tiene porque no se puede cuantificar su esfuerzo, ¿por qué lo mercería el pobre, si tampoco puedo cuantificar el suyo? ¿Qué parámetro objetivo tendríamos para decir “quítale a ella para darle a él”?

Curiosamente, la economía de mercado sí tiene un parámetro. Es que, como decíamos más arriba, cualquier empresa o individuo en una economía de mercado es recompensado de acuerdo a cuánto satisface las necesidades de los demás. En el capitalismo quién más gana es porque mejores productos y a mejores precios les está dando a sus clientes.

Y si bien esto puede representar poco o mucho esfuerzo (según cómo éste se defina), sin duda que es un mérito, porque implica detectar las necesidades de otros, y trabajar en pos de satisfacerlas.

Para ir concluyendo, si es esto lo que se entiende por meritocracia, hay que defenderla. En una sociedad meritocrática, quien mejor trabaje para satisfacer las necesidades de los demás es quien mejor bienestar alcanzará.

Así, el sistema no solo es justo desde un punto de vista ético, sino tremendamente poderoso para alinear los incentivos de todos y generar economías prósperas y en crecimiento.

Solidaridad es una bella palabra, especialmente cuando no se practica con el bolsillo ajeno, pero a la luz de lo analizado, meritocracia es mucho mejor.

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