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La pandemia argentina que la condena al fracaso

Lo que en otros países es excepción, aquí se transformó en regla.

El mundo se volvió loco. Incluso antes del coronavirus, la comunista China defendía el libre comercio, mientras que el capitalista Estados Unidos levantaba barreras arancelarias.

Si eso ocurría sin pánico saniario, imagínense con un millón de personas infecadas de un virus para el que aún no se conoce una vacuna.

Los gobiernos del mundo están tomando medidas que no solo buscan evitar los contagios, como la cuarentena, el distanciamiento social y la prohibición de actividades consideradas no esenciales, sino que están yendo mucho más allá.

El norteamericano, por ejemplo, anunció un paquete fiscal de alrededor de USD 6 billones, para apuntalar la demanda y el empleo. La Reserva Federal, tras bajar abruptamente la tasa de interés a cero por ciento y, además, anunciar una compra masiva de títulos por hasta USD 700.000 millones, terminó optando por quitar ese límite. Ahora vamos por una emisión ilimitada. ¿Un billón, dos billones? ¿quién da más?

Las medidas económicas excepcionales no se quedan solo ahí. Los gobiernos del Primer Mundo están pagando los salarios del sector privado, estatizando temporalmente los sistemas de salud, y pidiendo controles de precios para evitar la especulación.

Un fiscal en Nueva Jersey dijo recientemente que “las leyes contra la especulación de precios serán cumplidas de manera estricta para proteger a los consumidores que intentan mantenerse a salvo” de la enfermedad.

Apoyado por esta ineludible realidad, el gobierno argentino actúa en forma similar. La diferencia, no obstante, es que aquí este tipo de normas no responden a la pandemia presente. Son medidas que se aplican de forma permanente, y son el motivo por el que el país dejó hace rato de ser un ejemplo de progreso económico.

Discutibles siempre

Las medidas altamente excepcionales que están tomando las principales potencias globales producto de la amenaza vigente son discutibles incluso ahora.

Tomemos por ejemplo los controles de precios. El boom de demanda sobre algunos productos, como el jabón, el alcohol en gel, el alcohol puro, o los barbijos, son fenómenos inevitables cuando un estallido epidémico ocurre y cuando dichos dispositivos se consideran idóneos para prevenirlo.

La suba de precio, en el corto plazo, es también inevitable. Los ciudadanos del planeta están dejando de comprar cualquier otra cosa y abalanzándose sobre este tipo de bienes. La oferta no puede responder tan rápido con más producción. Ahora bien, si se permite que la suba del precio efectivamente ocurra, entonces los productores marginales, aquellos que podrían producir pero con costos más altos, podrían entrar en el mercado a abastecer esa nueva demanda.

Para estos oferentes solo es rentable entrar a ese precio. Ahora si el gobierno se entromete y congela el precio, esos productores no ingresan, la producción no crece y lo que sí aparece es la escasez. Es decir, el remedio fue peor que la enfermedad.

Respecto de otro tipo de medidas, un análisis del Mercatus Center de la Universidad George Mason encuentra que el gobierno ni siquiera en esos momentos debería rescatar empresas con dinero público, ni estimular la demanda con ineficiente gasto en infraestructura, mientras que sí deberían reducirse las barreras arancelarias que encarecen los productos que compran lo propios estadounidenses, perjudicándolos.

La advertencia de Hayek

Considerando lo anterior, y a la luz de los hechos, uno podría decir que las medidas tan excepcionales y negativas desde un puno de vista económico deben implementarse de igual forma, puesto que estamos en tiempos excepcionales. Como escribió recientemente Benegas Lynch (h), esta “situación de extrema peligrosidad (…) demandará acciones también extremas”.

El riesgo es que los gobiernos tomen la excepción y la transformen en la regla. Esa fue, de hecho, la advertencia que F.A. Hayek le hizo al mundo libre en el año 1945, cuando tras la Segunda Guerra Mundial, las tentaciones intervencionistas y autoritarias estaban en auge.

En la introducción a la edición epañola, Bruce Caldwell nos dice que:

Otro tema, evidente quizá de manera más explícita en la introducción que en partes específicas del texto de Hayek, pero que, aun así, es en gran medida parte de su motivación subyacente para escribir el libro, es la advertencia del autor referente a los peligros que los tiempos de guerra plantean a las sociedades civiles establecidas —pues es en estos tiempos cuando las libertades civiles, tan duramente ganadas, pueden perderse muy fácilmente.

(…) Los tiempos de emergencia nacional permiten invocar una causa común y una meta común. La guerra autoriza a los dirigentes a pedir sacrificios. Presenta a un enemigo contra el cual todos los segmentos de la sociedad pueden unirse. Esto es verdad en caso de guerra real, pero debido a su capacidad para unificar a grupos diversos, los políticos astutos de todos los partidos estiman eficaz invocar metáforas bélicas en una multitud de contextos. La guerra contra las drogas, la guerra contra la pobreza, y la guerra contra el terror no son sino tres ejemplos de los últimos tiempos (…)

El mensaje de Hayek indicaba que había que mostrarse precavidos ante tales invocaciones marciales. Su temor específico era que, en caso de que se tenga que combatir una guerra real,el poder y tamaño del Estado deban aumentar… sin duda «el tiempo de guerra» (o cuando los políticos tratan de convencernos de que estamos en tiempo de guerra) es cuando aquellos que valoran la defensa de la libertad individual han de estar más en guardia.

Lo que temía Hayek era que el autoritarismo que casi necesariamente prevalece durante una guerra (o, por qué no, durante una epidemia, donde hay que hacer “economía de guerra”), se transformara en una norma una vez que el conflicto hubiese terminado. Y lo mismo puede decirse de las medidas intervencionistas que, para Hayek además, conducían a ese autoritarismo tan temido.

El “modelo argentino”

El problema de Argentina es que no internalizó la advertencia de Hayek. Mientras que el mundo, allá por los años ’70, entró en un cambio radical de su modelo económico, con fuere restricción monetaria para controlar la inflación, privatizaciones, y más globalización, Argentina hizo todo lo contrario.

Todas las medidas que los países solo toman de forma excepcional, para nosotros son moneda corriente.

Pongamos por ejemplo el aumento del gasto público. Entre el año 2002 y el 2016 el gasto del gobierno trepó desde el 27% del PBI al 47% del PBI según los datos oficiales más actualizados. Esto constituye un récord mundial, y por si sirve el número, solo 2,9 puntos de esos 20 fueron destinados a la salud pública incluyendo al PAMI.

Con controles de precios, por otro lado, ya hemos experimentado largo y tendido. No solo congelamos tarifas y dólar por varios años cuando gobernaba CFK, sino que la reciente Ley de Emergencia Económica las volvió a congelar. Ahora respecto de este tema, si Macri generó una “emergencia económica”, ¿qué genera el coronavirus? Cuando se abusa del relato, se pierde la realidad y se banaliza la gravedad de determinadas situaciones.

Las estatizaciones también son parte de nuestro ADN. En la década del ’80 las empresas propiedad del estado perdían tanta plata que la emisión monetaria para sostenerlas nos llevó a la hiperinflación. El peronismo posterior (Menem) decidió privatizar casi la totalidad de dichas empresas, pero el peronismo posterior a ese (Kirchners) volvió a la estatización.

¿Cuál era la emergencia que obligó a eso? Ninguna.

Así es como Argentina se compró su camino al fracaso. Mientras los países solo emplean medidas heterodoxas y extremas como las que hemos mencionado, en situaciones extremas y excepcionales, nuestros gobiernos creen que esa debe ser la norma a seguir.

Los resultados están a la vista. Un país en decadencia económica permanente, con niveles inéditos de inflación, nulo crecimiento económico, y un permanente coqueteo con líderes autoritarios.

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