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Si gana, Alberto tiene que traicionar al peronismo

Por el bien de la economía, la “lealtad” debe ser dejada de lado.

Después del resultado de las PASO y en función de las siempre poco creíbles encuestas, es muy posible que Alberto Fernández se convierta en presidente electo el 27 de octubre de este año.

Como se ha visto, esta posibilidad genera extremos de nerviosismo. Tras la arrolladora victoria del 11 de agosto, el dólar se catapultó 30% y los depósitos bancarios cayeron en más de USD 10.000 millones.

De acuerdo con el kirchnerismo, fue Macri quien dio la orden de que el dólar suba… Aparentemente, también habría ordenado a la gente generar una corrida bancaria.

En fin…

Lo que sí hizo Macri fue poner el cepo, de manera de racionar las pocas reservas que quedan. Esto, naturalmente, creó un mercado paralelo, cuya brecha con el dólar “oficial” subió esta semana tras el pago de $AR 12.700 millones en concepto de vencimientos de deuda local.

Como se observa, el furor por el dólar no se aplaca.

¿Por qué no? Porque el futuro de Argentina sigue preocupando a los inversores. Y, la verdad, no es para menos.

Recientemente, Alberto Fernández declaró  que “Cristina Fernández y yo somos lo mismo”. Más atrás en el tiempo, el candidato recibió de parte de su principal partido, el Partido Justicialista, un documento de propuestas concretas que lucen una más disparatada que la otra.

Es por esto que decimos que, si Alberto quiere enderezar la economía, deberá traicionar al peronismo, tanto en su versión “kirchnerista”, como en su variante “justicialista”.

Asalto contra el campo

Entre las primeras propuestas económicas que figuran en el documento que Fernández recibió del Partido Justicialista se encuentra la destinada a la “Producción Agropecuaria”. Ahora a juzgar por el contenido, bien podría reemplazarse la palabra producción por destrucción.

La idea que sobrevuela la sección es que los productores agropecuarios son culpables de que en Argentina haya “compatriotas que pasen hambre”. En un precario análisis de suma cero, el justicialismo cree que si alguien no tiene plata para comprar pan, eso se debe a que el productor de pan es demasiado codicioso.

La conclusión natural de esto es que el gobierno debe controlar los precios, algo que el documento sugiere:

“Los precios de los alimentos no deben estar atados al vaivén del dólar: implementaremos políticas para atemperar el impacto de las subas del dólar en el valor de la canasta familiar. Se activará la promoción de ferias y mercados locales; se establecerán mecanismos de vigilancia de precios a partir de precios referenciales para las cadenas de comercialización”

Por si esto no alcanzara, se propone reformar “el sistema de derechos de exportación” para “promover el valor agregado en origen”. Obviamente, esto no es más que un eufemismo para disfrazar que quieren aumentar las retenciones en busca de desincentivar la exportación de ciertos bienes y que éstos queden en abundancia para el mercado local.

Ocurre, sin embargo, que dicho impuesto desincentiva no solo la exportación, sino también la producción y, a la larga, ni se exporta ni se puede consumir nada porque sencillamente el producto deja de existir en las cantidades necesarias.

Divisas

Otro punto destacado de la política de destrucción agropecuaria es que se propone retomar “el manejo y la regulación soberana de las divisas del sector granos y oleaginosas” ya que se considera que “las divisas del comercio exterior de granos son un recurso escaso y estratégico” y que “el manejo de las divisas por parte del sector privado ha sido un completo fracaso debido a la falta de regulación estatal.”

Lo primero que hay que decir aquí es que, de acuerdo con datos oficiales, la liquidación de divisas por ventas de granos durante los 4 últimos años de CFK ascendió a USD 86.600 millones. En los años de Macri, ese número cayó a USD  82.300 millones, pero en parte producto la sequía brutal de 2018. Ahora bien, incluso con sequía, solamente se liquidó un 5% menos que en los 4 años previos. ¿Dónde está el “completo fracaso”?

Por otro lado, las divisas no son del gobierno o del país, sino del exportador que las consigue a cambio de su trabajo y capacidad productiva. Es su derecho quedárselas si así lo desea, y ya paga suficientes impuestos, tantos como el resto de los argentinos.

Más demanda y controles

La política de controles de precios no solo se aplicaría a los productos de la “mesa de los argentinos”. Para que la producción pueda expandirse, el creativo PJ propone una “revisión integral” del costo de los combustibles. La idea detrás es que un combustible más barato estimula la producción, lo que es indudablemente cierto.

Lo que no es cierto, no obstante, es que pueda bajárselo por decreto presidencial sin consecuencias. Si se imponen precios por debajo del mercado, no habrá combustible y producir será más caro, no más barato. Es que no hay nada más caro que un bien que no se consigue.

Pero el peronismo no aprende ni de sus errores. Así, propone que las tarifas de servicios públicos no reflejen el valor del dólar y que su precio “será fijado nacionalmente (…) en función de las necesidades de sus ciudadanos y desarrollo productivo”.

Otra vez la misma película de 2003-2015. Termina en crisis energética.

Lo más gracioso es que a todos estos controles no les seguirá una reforma fiscal y monetaria “de fondo” que controle la inflación, sino que se pide una política de estímulo a la demanda y al mercado interno con aumentos de salarios, gasto público y reducción de impuestos a sectores específicos.

Si alguno teme que esto genere inflación, el PJ responde:

Incentivar el mercado interno no genera per se inflación. La mayor demanda local debería generar inversiones, y por ende mayor producción, y ser base de una plataforma exportadora.

Si esto fuera tan fácil, ya habríamos tocado el techo del desarrollo global hace rato. Pero cuando las fuentes de financiamiento del déficit fiscal están totalmente agotadas, más “estímulo a la demanda” solo puede implicar más emisión monetaria (y más inflación y devaluación), o un default de la deuda pública. Ninguna es buena noticia.

El documento de más de 100 páginas continúa desplegando todo tipo de propuestas mágicas de intervencionismo económico que ya han sido mil veces probadas en Argentina y en el resto de América Latina. Nunca han traído buenos resultados.

Alberto Fernández dice que él no es dogmático, sino pragmático. Esperemos que así sea, porque si quiere que la economía mejore de aquí en más, lo mejor que puede hacer con el texto del PJ es guardarlo en un cajón y no tocarlo por los próximos 4 años.

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